sábado 18 de octubre de 2008

La entrevista

La primera vez que le pedí a mi madre que me diera una entrevista en mi programa de televisión me dijo que no era el momento porque mi padre, su esposo de toda la vida, el padre de sus diez hijos –yo, el tercero de ellos–, había muerto hacía poco y ella todavía estaba muy triste.

La segunda vez que se lo pedí me dijo que le diera unos días para pensárselo bien. Pasados esos días, me dijo que tenía ganas de venir al programa, pero que algunos de mis hermanos, enterados de la invitación, se habían escandalizado y se lo habían prohibido. Del modo más conciliador, me explicó que no quería problemas en la familia y que por eso prefería no darme la entrevista.

La última vez que se lo pedí, hace menos de un mes, no lo dudó:

-Ahora sí estoy segura de que quiero ir.

Le pregunté si mis hermanos, aquellos que se habían opuesto, no le harían problemas.

-No les voy a decir nada –respondió en tono risueño–. No les tengo que pedir permiso.

La felicité y le dije que a su edad, sesenta y ocho años, debía hacer lo que a ella le pareciese bien, sin dejarse intimidar por nadie.

Al día siguiente volví a llamarla y le pregunté si había cambiado de opinión.

-Yo no cambio de opinión –me dijo–. El domingo estaré en tu programa.

Para que estuviera tranquila, le dije que no saldríamos en directo sino que grabaríamos, así no tenía que acostarse tarde esa noche, pues ella suele dormirse antes de las diez, la hora en que comienza el programa, y que podría ver una copia de la grabación en su casa y decirme si algo no le gustaba para suprimirlo antes de que saliera al aire. Se quedó contenta con la idea de grabar por la tarde y tener derecho a veto por si decía algo de lo que luego se arrepentía (un privilegio que, por cierto, no le había dado nunca a ningún invitado, pero era mi madre y era el día de la madre).

Todo estaba bien un día antes de la grabación. Era sábado, acababa de llegar a Lima y pasé por casa de mi madre a saludarla, comer empanadas y asegurarme de que todo estuviera bien para la grabación al día siguiente.

No sabía de qué hablaríamos, qué le preguntaría, sólo sabía que debía escucharla con cariño, sin cuestionarle nada, sin discrepar o tratar de rebatir sus argumentos, sin plantear temas conflictivos ni ponerla en aprietos. Tenía claro que, ante todo, debía evitar dos territorios minados: el de mi sexualidad y el de la religión. Siendo ella del Opus Dei, y teniendo la certeza de que el amor entre personas del mismo sexo ofende su sentido de la moral, no debía preguntarle lo que me hubiera encantado:

-¿De verdad crees, mamá, que soy heterosexual? ¿Por qué crees que el amor homosexual es malo? ¿Sabes que hace años estoy enamorado de un hombre? ¿No te gustaría conocerlo?

Pero si nunca le había preguntado nada de eso en privado, tampoco debía sorprenderla e incomodarla preguntándoselo en televisión.

Mi plan era halagarla, darle mucho amor, preguntarle cosas simples de su vida, cómo era de joven, por qué le gustaba correr olas, por qué le gustaba saltar a caballo, cómo conoció a papá, por qué se enamoró de él, por qué tuvieron diez hijos, qué le hubiera gustado estudiar en la universidad, cómo entró al Opus Dei, si había leído mis libros, qué pensaba de ellos, cosas así, pero evitando en todo momento el menor atisbo de discusión, dándole siempre la razón y expresándole mi amor sin reservas, después de tantos desencuentros que, debido principalmente a mi sexualidad disidente y a mi condición de agnóstico, habíamos tenido y seguíamos teniendo.

Aquel sábado en casa de mamá hablé con mi hermano Arturo y luego por teléfono con mi hermana Carol y mis hermanos Javier y Miguel y ninguno me dijo nada de la entrevista. Supuse que mamá había mantenido el plan en secreto y nadie en la familia sabía nada.

Pero el domingo a mediodía sonó el celular. Era mi hermano José. Me dijo que, junto con mi hermano Oscar, quería reunirse conmigo esa tarde. Le dije que estaba viendo un partido de fútbol argentino y que pensaba almorzar luego con mis hijas. Le pregunté de qué se trataba. Me dijo que mamá no debía venir al programa, que era una falta de respeto a la memoria de nuestro padre, que si él estuviera vivo no lo permitiría, que mamá no era un personaje público y por eso no debía salir en televisión, que al llevarla a mi programa yo estaba dividiendo a la familia y creando problemas. Lo escuché con calma y le dije que respetaba su opinión pero no la compartía y que al final quien debía decidir libremente era mamá y que ella ya había decidido venir. José alegó que mamá no quería venir al programa pero que lo hacía como un sacrificio para sacarme del hoyo negro en que yo vivía. Insistió en reunirnos con Oscar. Dijo que toda la familia se oponía a la entrevista. Le dije que no valía la pena reunirnos porque sería una discusión tensa y desagradable y que aun si todos mis hermanos se oponían a la entrevista, la decisión final era de mi madre y sólo de ella y de nadie más.

Mamá llegó radiante, serena y guapísima al estudio. Parecía feliz. Era su noche. Se sentía querida. La acompañaban Carol y Miguel, con gran generosidad. Quizá tenían temores o reservas comprensibles pero, ante todo, respetaban su decisión, como correspondía. Le dije a mamá que hablásemos como si estuviésemos en la sala de su casa, con naturalidad. Así será, me dijo.

Poco antes de comenzar me contó que mi hermana Doris, su hija mayor, la había llamado para decirle que no debía venir al programa, que era una tonta, que no tenía sentido del humor, que era muy aburrida, que iba a quedar mal, que yo me iba a burlar de ella y que le prohibía que mencionásemos su nombre en la entrevista. Me sorprendió, pero luego recordé que alguna vez Doris me había escrito un correo prohibiéndome hablar o escribir de ella y, en particular, de los años en que fue monja. Le dije a mamá que nadie podía prohibirle hablar libremente de sus hijos y que no tuviera miedo, que ya era una mujer mayor y tenía que ser libre de ir adonde quisiera y decir lo que pensara, sin dejarse asustar o manipular por nadie.

Nunca quise y admiré tanto a mi madre como esas dos horas en que hablamos en televisión. Estuvo tranquila, valiente, divertida, elegante, amorosa, irradiando la bondad que siempre la iluminó y la hizo tan adorable y especial. Sentí su cariño y creo que ella sintió el mío y por suerte no hablamos de las cosas que nos separan sino de las demás, que nos unen tanto. Sentí que, aunque sea del Opus Dei y nunca pueda presentarle al chico al que amo, era mi madre y la amaba exactamente como era y no necesitaba que fuera distinta o mejor para amarla completamente.

Por eso, cuando esté por llegar el día en que ella y yo nos alejemos para siempre, tal vez recuerde aquellas horas en televisión como uno de los momentos más estupendos y memorables de todos los años en que tuve la inmensa suerte de ser hijo de mi madre.

Jaime Bayly
12 de Mayo de 2008

Raras formas de amar

En los últimos días las circunstancias me han forzado a tomar dos decisiones en extremo difíciles.

Una fue decirle a Martín que no quiero vivir con él, que quiero vivir solo el resto de mi vida.

La otra fue responderle a Sofía si mantenía la promesa que le hice cuando nos divorciamos: que si ella llegaba a los cuarenta años y no tenía esposo ni novio y no había tenido un hijo, yo me comprometía a darle un hijo.

Lo de Martín fue doloroso porque es el hombre que más he amado y creo que todavía lo amo y lo amaré siempre, aunque él se enamore de otros hombres. Pero no podía seguir postergando esa decisión. Los últimos años nos veíamos una vez por semana en Buenos Aires y así estaba bien para mí. No para él: me decía que quería vivir conmigo como una pareja convencional. Por eso vino a Miami. La fantasía no duró un mes.

No es por falta de amor a Martín que quiera vivir solo. Es porque si vivo con él siento que pierdo demasiada libertad y que mis manías, caprichos, inapetencias y desidias le disgustan y lo irritan y que verlo tan a menudo socava mi cariño por él.

Martín lo tomó como un acto de egoísmo, como una traición. Me dijo que voy a arrepentirme, que lo estoy desperdiciando, que saldrá a buscarse un novio y que no acepta mis condiciones de ser ante todo amigos y vernos una vez al mes en Buenos Aires.

No pierdo la fe de que con el tiempo podamos ser amigos y con suerte seguir siendo amantes.

Lo de Sofía me tomó por sorpresa, a pesar de que cada cierto tiempo mi madre, viendo a alguno de sus nietos, me decía: ¿Cuándo vas a tener un Jaimecito? Yo me reía y le decía que nunca, que con dos hijas ya soy feliz. Pero mamá insistía e insistía, ella es terca y quiere su Jaimecito.

Yo pensaba que Sofía había olvidado la promesa que le hice saliendo de unos cursos que nos obligaron a tomar en Miami cuando nos divorciamos, unos cursos para enseñarnos a ser buenos padres divorciados que, por supuesto, eran una estupidez y eran dictados por unos sujetos que parecían infelices precisamente porque no se habían divorciado. Aquella tarde la noté tan triste que le dije: Siempre te amaré. Siempre. Y si cumples cuarenta años y estás sola y no has tenido un hijo y quieres tenerlo, te prometo que yo te lo daré. Ella me abrazó y me dijo que por eso me quería tanto, porque estaba loco.

No hace mucho, Sofía cumplió cuarenta años y los celebró en Lima con sus mejores amigas y amigos. No pude estar con ella porque tenía que hacer el programa en Miami, soy un esclavo de la televisión. Pero le di una sorpresa: le regalé el auto de sus sueños porque la camioneta que habíamos comprado cuando nos divorciamos y ella volvió a Lima ya le daba muchos problemas. Creo que me quiso un poco más cuando se subió a ese auto tan lindo. Lo merecía sin duda: ella me había regalado dos hijas preciosas, adorables, y ningún regalo que yo pudiera darle compensaría jamás los que ella, contra viento y marea, me había dado.

El otro día estábamos paseando por Le Marais, porque Camila, nuestra hija mayor, pidió ir a París por sus quince, y mientras las niñas se divertían mirando ropa, le pregunté a Sofía: ¿Qué puedo darte para que seas más feliz?

No dudó en responderme: Un hijo, el hijo que me prometiste.

Me quedé helado. No supe qué decir. Pero no podía echarme atrás: le había hecho esa promesa y ahora ella tenía cuarenta y seguía sin tener un hijo ni padre potencial a la vista.

La verdad es que, aunque me sorprendió, me sentí halagado. Lo primero que le dije fue: No creo que sea capaz de tener una erección, las pastillas han acabado con mi apetito sexual. Ella se rió y me dijo que era una excusa tonta y que, si aceptaba el reto, ella se encargaría de derrotar a las pastillas y provocarme una erección (y no dudé de que lo conseguiría sin dificultad). Luego lo pensé un poco, me tomé mi tiempo y comprendí que no podía ser un cobarde, que tenía que cumplir mi palabra, que era mi destino.

Puse, sin embargo, ciertas condiciones: el niño nacería en Miami, de ninguna manera en Lima; Sofía y nuestras hijas se mudarían a Miami; yo seguiría viviendo solo, en una casa a distancia que pudiese recorrerse caminando o en bicicleta de donde ellas eligieran vivir, es decir que estaban obligadas a vivir en la isla de Key Biscayne; y preservaría mi absoluta libertad sexual o amorosa.

Ninguna de esas condiciones fue aceptada, salvo la última.

Sofía me dijo tranquila y amorosamente que el niño nacería en Lima, que ella no quería irse de Lima y nuestras dos hijas tampoco, y que estaba loco si pensaba que se mudarían a Miami, una ciudad que ella no soportaba en verano y a duras penas podía tolerar en invierno.

Sin embargo, aceptó que siguiera viviendo solo. Es más: para mi sorpresa, me lo pidió. Me dijo: Yo no quiero vivir contigo. Yo quiero tener un hijo contigo, pero seguir viviendo sola con las niñas. Tú puedes vivir donde te dé la gana y venir a visitarnos cuando quieras.

Me quejé. Le dije que me parecía injusto condenar al niño a vivir en una ciudad donde crecería a la sombra de mi fama oprobiosa y que en los Estados Unidos sería más libre y feliz y que además en el Perú un candidato de izquierda ganaría las próximas elecciones presidenciales y no podía tolerar que mi familia viviera bajo un régimen socialista autoritario que conculcaría las libertades.

Sofía me dijo que yo siempre predecía catástrofes políticas que nunca ocurrían y que no estaba dispuesta a ceder: el niño y ellas vivirían en Lima, punto.

Le pedí que al menos fuera a dar a luz a Miami para darle al niño la ciudadanía norteamericana, que nuestras hijas ya poseen, dado que nacieron en Washington y Miami, y que Sofía y yo también poseemos, gracias a ella, claro está.

Sofía me dijo que haría el embarazo y el parto en Lima y que el niño podía ser ciudadano norteamericano aun naciendo en Lima, sólo había que inscribirlo en el consulado.

No me quedó más remedio que aceptar sus condiciones. Tenía que cumplir mi promesa de impregnarla de un varón y era rigurosamente justo que ella eligiese con toda libertad en qué circunstancias lo traería al mundo.

Surgió luego el espinoso tema del nombre, pero por suerte hubo coincidencia inmediata: De ninguna manera se llamaría Jaime. No podíamos traumatizarlo de ese modo. Pero quizá podíamos llamarlo James o Jimmy o Jim o Jimbo. Era cosa de ir pensando.

Me sentí orgulloso de que, después de tantos años, Sofía siguiera considerándome un buen padre, una persona confiable. Pero sobre todo me halagó que siguiera deseándome en cierto modo, que estuviera dispuesta a hacer el amor conmigo una o varias veces, todas las que fuesen necesarias para quedar embarazada.

Esa fantasía se difuminó apenas me dijo: Lo que sí te pido es que me des tu esperma en un pomito, si no te molesta.

En ese momento me sentí tan humillado que le dije que si quería tener un hijo conmigo, estaba obligada a hacerme el amor todas las veces que fuesen necesarias, que de ninguna manera le daría a mi hijo en un pomito.

Era sólo una broma, me dijo ella, y me abrazó.

Pero no estoy tan seguro de que fuese una broma.

Jaime Bayly
28 de Julio de 2008

Las pequeñas estafas

Me han estafado cuatro veces. Lo curioso es que cuando recuerdo esas estafas no me molesto ni me lleno de rencor o deseos de venganza. En cierto modo recuerdo con aprecio a esas personas ingeniosas e inescrupulosas que burlaron mi buena fe y me embaucaron, como si en lugar de perjudicarme me hubiesen hecho un favor, al recordarme mi condición de tonto de campeonato.

La primera vez que me robaron fue cuando vivía en Georgetown. En aquellos tiempos Sofía y yo compartíamos un departamento en la calle 35 y ella estudiaba una maestría y yo porfiaba por escribir. Pasaba todo el día en el departamento, escribiendo. Al caer la noche, salía a caminar. Una de esas noches, caminando de regreso al departamento, un hombre y una mujer jóvenes, de buen aspecto, se acercaron y me dijeron con modales refinados que vivían en Virginia y se habían quedado sin dinero para echarle gasolina al auto y necesitaban un préstamo que me pagarían al día siguiente, domingo. Les pregunté cuánto necesitaban. Me dijeron que cien dólares. No dudé en darles el dinero. A cambio me dieron una tarjeta con un teléfono. Me pidieron que los llamase para traerme el dinero al día siguiente. Fueron tan encantadores que hasta me ilusioné con que ese préstamo fuese el comienzo de una amistad. Al día siguiente los llamé. El teléfono no existía. Nunca más los vi. Pero ahora curiosamente los recuerdo con cariño.

Fui estafado por segunda vez cuando me había mudado a Miami, resignado a que tenía que trabajar en televisión porque el dinero de los libros no alcanzaba para nada. Me había hecho conocido en esa ciudad con un programa de entrevistas. Una mañana estaba desayunando con mis hijas en el hotel Sonesta de Key Biscayne (que por desgracia cerró no hace mucho y en el que viví largas temporadas) cuando se acercó un señor alto, enjuto, barbudo, de traje y corbata, con aire de caballero a la antigua. Me dijo su nombre, me contó que era colombiano, me dio su tarjeta, llevaba un apellido tradicional, me dijo que era admirador de mis programas y se sentó a la mesa con nosotros y pidió un café. Luego nos contó que la noche anterior había cenado en un restaurante en Coconut Grove y le habían robado un maletín en el que llevaba todo: el dinero, las tarjetas de crédito, su pasaporte. Y ahora no tenía cómo sacar dinero en Miami para pagar la cuenta del hotel y regresar a Bogotá. Me rogó con exquisitos modales y hablando con esa propiedad tan colombiana que lo socorriera de ese apuro humillante, que le prestara mil dólares para pagar el hotel y volver esa misma tarde a Bogotá. Prometió que me mandaría la plata tan pronto como llegase. No dudé en decirle que me esperase allí mismo, que iría al banco a sacar la plata y volvería en quince minutos. Camino al banco con mis hijas, les pregunté si pensaban que debía prestarle el dinero. Estás loco, me dijo Camila, nunca te va a pagar. Yo no le creo nada, no me gusta su cara, dijo Lola. Pero yo ignoré esas advertencias, saqué el dinero, volví al hotel y se lo entregué. Nunca más volví a verlo. Llamé a sus números y tampoco existían.

El tercer hurto fue el que más me dolió porque lo perpetró un hombre que había trabajado conmigo en Miami y al que consideraba mi amigo. Era un peruano de origen humilde, avispado y trabajador, que se ganó mi confianza apenas lo conocí. Me pareció ingenioso, astuto, muy eficiente, con esa inteligencia de la calle que poseen los peruanos que han salido de muy abajo y aprendido a sortear las condiciones más adversas. Este amigo, al que contraté como productor de mi programa, dejó de trabajar conmigo cuando Telemundo me contrató y poco después despidió: me dijeron que respetarían mi contrato hasta el último día, pero que preferían pagarme no para que saliera en televisión sino para que no saliera en ella. Mentiría si dijera que no dolió. Unos años después, retirado yo de la televisión y dedicado a escribir, mi amigo me propuso un negocio en Colombia: yo viajaría una semana, grabaría catorce episodios como anfitrión de un festival internacional del humor y me pagarían un dinero nada despreciable. Acepté y le prometí el quince por ciento del contrato, lo que le pareció justo. Cuando llegué a Bogotá, él ya estaba allá y me dijo que por razones contables o tributarias ya había firmado el contrato en mi nombre. Me lo dijo en el hotel Casa Medina, tomando el té al lado de la chimenea. Me dijo que el contrato se había firmado entre la televisora y él, que el dinero se transferiría íntegramente a su cuenta en Miami y que, apenas lo recibiese, retendría el quince por ciento y me daría mis honorarios. Por supuesto, le creí: era mi amigo, habíamos jugado fútbol con nuestros amigos los Crousillat (que me lo presentaron en Miami, y a quienes sigo considerando mis amigos). Pues grabamos los catorce programas (que salieron espantosos) y él volvió a Miami y yo volé a Buenos Aires, donde me había ido a vivir. Pasaron los días y las semanas y mi amigo no me transfería el dinero ni me llamaba ni contestaba mis correos. Simplemente había desaparecido. Lo llamé a sus teléfonos de Miami, pero los había cambiado. Estaba claro, me había timado. Pero esta vez no me quedé tan tranquilo. Llamé a su hermana en Miami, una buena mujer, enfermera, que también había trabajado conmigo, y le pedí que le transmitiera a su hermano un mensaje simple y claro: si no me pagaba, daría una rueda de prensa en Lima y otra en Miami, denunciándolo como estafador (una fama que ya había ganado en Lima con modelos eróticas que llevaba de gira y luego lo denunciaban por no pagarles), algo que en realidad jamás hubiera hecho. La amenaza surtió efecto: mi amigo me escribió sin demora, diciéndome que el banco le había confiscado el pago de la televisora colombiana porque él estaba muy endeudado, al borde de la quiebra, y prometió que me iría pagando de a pocos. Reconozco que tuvo el mérito de, meses después, venir a mi casa y pagarme una fracción, creo que la tercera parte, de lo que me debía. Luego lloró miserias, me dijo que estaba endeudado hasta el cuello, que nunca había querido estafarme, y yo le creí y me dio lástima y le dije que no me debía nada, que el asunto quedaba zanjado. Pero desde entonces sentí que no podía confiar más en él.

La cuarta y última estafa resultó la más dolorosa porque me costó mucho dinero. Un amigo de Sofía, el padre de una de sus mejores amigas, le ofreció vendernos un apartamento de tres pisos frente a un club de golf. El edificio estaba ya levantado y sólo faltaban los acabados. Sofía, el caballero y yo caminamos por los pisos de concreto que nos ofrecía, admiramos la vista, decidimos que en el tercer piso haríamos un gimnasio y una pequeña piscina y le pedimos un descuento. Nos lo rebajó de 250 a 225 mil dólares si pagábamos al contado. Eso hicimos. Siete años después, el edificio sigue sin acabarse, deshabitado, fantasmal. Nunca nos entregaron el departamento ni nos lo entregarán, por supuesto, lo que me obligó a seguir quedándome en hoteles en Lima. Y ahora, haciendo las cuentas, reparo en el hecho de que hace veinte años o más he vivido en Lima siempre en hoteles: en el hostal El Olivar de San Isidro (una casona antigua que creo que ya no existe), en dos hoteles de la avenida Pardo, en el Park Plaza, en el Golf Los Incas, en el Country y en muchos otros hoteles a los que considero mi casa los días que paso por Lima.

No guardo rencor a quienes me robaron con engaños amables y persuasivos. Más bien les agradezco porque me recordaron que soy un idiota, lo que es conveniente no olvidar para que no me sigan timando tan fácilmente.

Jaime Bayly
11 de Agosto de 2008

Lo que queda del alma

El avión desciende sobre las arenas de Lima mientras despunta el amanecer. No he dormido. He leído un libro bellísimo, El olvido que seremos, de un escritor colombiano, Héctor Abad Faciolince, al que conocí en Bogotá hace años, una noche lluviosa a la salida del teatro. Me ha conmovido tanto que me ha hecho llorar. Lo he leído con la mascarilla blanca que me dio la doctora cubriendo mi nariz y mi boca para no contaminarme con los miles de bichos invisibles que, según ella, pululan por la cabina helada del avión y saltan de un pasajero a otro, infectándonos a todos.

-¿Llevas una vida saludable? -me preguntó la doctora.

-Sí -respondí-. No fumo, no tomo alcohol, no como mucha grasa, camino todas las tardes por el parque.

-¿Con qué frecuencia viajas? -preguntó.

-Todos los fines de semana -respondí.

-Entonces no llevas una vida saludable -sentenció.

-¿Por qué? -pregunté, sorprendido.

-Porque los aviones están repletos de gérmenes y bacterias que viven allí y recirculan por toda la cabina. Si quieres llenar de bichos tus vías respiratorias, súbete a un avión. Los aviones te están matando.

Le expliqué que no puedo dejar de volar con tanta frecuencia porque he firmado unos contratos que debo cumplir, aunque me llene de bichos.

-Entonces vas a viajar siempre con la mascarilla puesta -dijo ella.

El problema de viajar con la mascarilla puesta es que las azafatas y los pasajeros te miran con lástima y repugnancia y se mantienen a prudente distancia. Bien mirado, quizá no sea un problema.

-¿Estás enfermo? -me preguntó una azafata, mientras colocaba la bandeja con la comida en la mesa plegable del asiento vecino, que por suerte estaba desocupado.

-Sí -le dije.

-¿Qué tienes? -preguntó.

-Siento que estoy en el cuerpo equivocado -le dije.

Me miró alarmada y tuvo el buen juicio de no hacer más preguntas.

No es que quiera ser mujer o que me disgusten mis colgajos. Es que todo mi cuerpo –la panza obscena, la penosa flacidez, las cavernas estropeadas, las canas púbicas que no cubriré de tinte– me parece un error, un cuerpo equivocado.

Héctor Abad dice en ese libro admirable que el alma no es inmortal, es tan mortal como el cuerpo y a veces se muere antes que el cuerpo. Puede que sea mi caso. Tal vez nunca tuve alma. Tal vez nací desalmado, no lo sé. Pero si tuve alma, la mía era mortal y me parece que se murió por exceso de maquillaje y horas de televisión, se murió en algún estudio de televisión y yo seguí hablando, ya sin alma.

Después de dormir dos horas boca abajo y con los zapatos puestos, voy a ver a la doctora. Le llevo escupitajos en un frasco esterilizado. ¿Será eso lo que queda de mi alma? La doctora me toca, me palpa, me ausculta, soba mi espalda, me regala chocolates. Luego me pregunta si me inyecto drogas. Le digo que no. Me dice que tengo bichos en la sangre. Me dice que tengo los pulmones infectados. Me dice que tiene que sacarme sangre ahora mismo. Le digo que necesito ir al baño. Pero no voy al baño. Salgo de su consultorio, bajo cinco pisos por las escaleras, camino media cuadra, compro una cremolada de uva borgoña, subo a la camioneta y me alejo de allí, recordando con una sonrisa el diagnóstico de la doctora:

-Gordo, estás lleno de moco.

Llegando a la casa, leo un correo electrónico de una amiga que me recomienda inyectarme Neurobion para reforzar mi sistema inmunológico. Voy a la farmacia, compro varias cajas de Neurobion, vuelvo a la casa y le pido a Sofía que me ponga la inyección.

Sofía me ponía inyecciones cuando vivíamos en Washington, conoce bien mis nalgas y sabe lo que tiene que hacer. Me lleva a su cuarto, prepara la inyección, coloca una toalla blanca y me pide que me tienda boca abajo. La escena no carece de un cierto erotismo, al menos para mí, que no tengo alma o que la escupo a menudo.

Me bajo los pantalones, me tiendo en la cama que trajimos desde Miami en barco, la cama donde hacíamos el amor cuando teníamos alma, me bajo luego los calzoncillos y exhibo con orgullo recatado el único talento que poseo, aquello que me ha permitido abrirme paso en la vida, mi bien más preciado, la clave de todos mis triunfos: mis nalgas. Poco importa que se te muera el alma si tienes unas nalgas altivas, pundonorosas y justicieras como las mías, unas nalgas que han sobrevivido a mil batallas ásperas y siempre están dispuestas a dar una pelea más en nombre de mi honor.

Sofía pasa un algodón con alcohol por mi nalga combativa, juega con ella, me hinca las uñas tratando de prepararme lenta y amorosamente para el dolor que se avecina y yo levanto las nalgas con gallardía y espero el aguijón.

En ese momento, sin que ella ni yo lo advirtamos, su madre, que mucho no me quiere, y cuya alma seguramente expiró antes que la mía, llega a la casa, se acerca al cuarto de Sofía y escucha a su hija decirme:

-Te va a doler cuando te la meta, pero te va a doler más cuando te la saque.

La madre de Sofía, que no ignora mis veleidades amorosas, se detiene, sin poder creer lo que acaba de oír, y se asoma discretamente, escondida detrás de la puerta. Lo que ve la llena de estupor, la horroriza, le provoca escalofríos: yo estoy tendido boca abajo, los ojos cerrados, las nalgas desnudas y enhiestas, a la espera del ansiado castigo, y digo, con una voz sospechosamente optimista:

-Métela sin miedo. Métela de una vez.

-Pero te va a doler.

-No importa. No será la primera vez. Ya estoy acostumbrado.

La madre de Sofía da un paso atrás, espantada, y siente que va a desmayarse. Luego escucha a su hija decirme con voz amorosa:

-Te va a doler más porque está un poco gelatinosa.

Esto ya es demasiado. Ella, una dama honorable de alta sociedad, ya sabía que yo era un mal bicho, un pervertido, un sátiro, un degenerado, un sodomita descarriado. Pero jamás imaginó que escucharía a su propia hija, educada en Washington, Philadelphia y París, decirme:

-¿Dolió mucho cuando la metí?

Y a mí contestarle:

-No dolió gran cosa. Métela toda. Métela hasta la última gota.

Y a ella, en control de la situación, disfrutando del dominio que ahora ejerce sobre mí en la cama, decirme:

-Te va a doler cuando te la saque.

Y a mí rogarle:

-Por favor, sácala ya. No aguanto más.

Y a ella negarse:

-Todavía no. Falta un poco más. Aguanta. Esto te va a hacer bien.

La madre de Sofía sale de la casa llorosa, mareada, aturdida, preguntándose qué cosas habrá hecho tan mal para que su hija acabe sodomizando con algún artilugio a ese escritor mediocre y haragán, que ha destruido todo lo bueno y noble que alguna vez tuvo su hija y la ha corrompido con su espíritu disoluto y sus ideas libertinas.

Al pasar al lado de la ventana, seguida por los perros tan odiosos que no paran de ladrar, se detiene, nos ve abrazados detrás de la cortina y me escucha decirle a Sofía, invadido por esa forma de amor que no conocíamos cuando hacíamos el amor en aquella cama que trajimos de Miami:

-Nadie lo hace mejor que tú, gordi.

Luego se marcha a toda prisa, pensando que ha llegado el momento de envenenarme, sin saber que ya estoy envenenado y que por eso su hija ha hincado mi nalga y la ha infiltrado de un medicamento seguramente inútil.

Jaime Bayly
7 de Abril de 2008

Guerrillas amorosas

Lo curioso de las peleas amorosas es que a veces se originan por las situaciones más inocentes o por malentendidos absurdos o por sospechas que están divorciadas por completo de la realidad.

Los amantes que más se aman pelean a menudo no por falta de amor sino por exceso de amor, que es como una droga que los intoxica y los hace ver alucinaciones peligrosas.

Esto es lo que me pasó en los últimos días, una guerrilla amorosa de la que todavía no me recupero.

El origen de la pelea estuvo dictado por la casualidad y desprovisto de malas intenciones. Yo estaba editando el programa que presento en Miami y tocaron la puerta. Faltaba poco para el programa y a esa hora no me gusta que nos interrumpan. Abrí. Era Manuel, un reportero chileno del canal. Me dijo que venía de entrevistar a uno de los magnates ecuatorianos que viven en Miami y cuyos canales habían sido incautados por el gobierno de Quito ese mismo día. Me ofreció la entrevista antes de emitirla en el noticiero del canal. La acepté y agradecí el gesto. Se fue presuroso. No estuvo más de un minuto en la sala de edición y no alcanzó siquiera a darme la mano.

Vimos la entrevista y nos pareció valiosa. Extrajimos tres fragmentos. Los pasé durante el programa. Al presentarlos, agradecí a Manuel y dije que era un excelente periodista.

Esa noche encontré un correo de Manuel agradeciéndome por elogiarlo en el programa. No le contesté porque estaba cansado.

Al día siguiente regresé de montar bicicleta a eso de las siete de la tarde, cuando el sol ya no quema, la hora más propicia para salir por la isla, y, mientras me quitaba la ropa para meterme en la piscina, mi rutina de todas las tardes, sonó el celular. Era Martín, desde Buenos Aires. Estaba furioso. Martín odia a Manuel, lo odió desde que lo conoció. Piensa que Manuel está enamorado de mí y quiere ser mi novio. Acababa de ver en Youtube las imágenes de mi programa, cuando decía que Manuel era un excelente periodista. También había visto un comentario que yo hacía sobre mi renuencia o desinterés en servir a los demás, a la patria. Al parecer había dicho: Yo sólo sirvo a mis hijas, a la madre de mis hijas (que es como mi hija), a mi madre y a mis amantes incontables. A nadie más. Pero no había mencionado a Martín, el hombre al que más he amado. Y en ese mismo programa había elogiado a Manuel, el hombre al que Martín más odia en todo el mundo.

Fue demasiado para él. Me dijo que lo había humillado, que lo había traicionado, que era un sujeto sin escrúpulos ni sentimientos, que no me quería ver nunca más, que ahora sí era el final definitivo, que nunca me perdonaría esa agresión tan cobarde e innoble. Me dijo luego algo que me impresionó:

-Sos un negro culosucio. No tenés moral.

Nunca nadie me había llamado así, negro culosucio. Me encantó el insulto.

Por supuesto, no me metí a la piscina. Ya no tenía tiempo. Subí a la ducha, me vestí y corrí a la televisión. La televisión tiene, entre otras ventajas, la cualidad terapéutica de que, cuando el público te aplaude y se ríe de tus bromas, te olvidas de tus problemas amorosos y te sientes un tipo listo e ingenioso (lo que es mentira) y no te sientes para nada un negro culosucio.

Al llegar a casa encontré un correo de la madre de Martín. Se llama Inés y ha sido siempre muy cariñosa conmigo, aunque cuando Martín le contó hace años que estábamos saliendo juntos, ella le dijo: Preferiría que salieras con Peña que con ese peruano del orto. Peña es Fernando Peña, un genial actor y comediante argentino, homosexual, ácido, irreverente, provocador, que tiene sida, aunque eso no le impide seguir demostrando su incalculable genialidad.

Inés me había escrito un correo titulado: Daño al pedo. Me intrigó el encabezamiento, presentí que me haría reproches por el daño que, sin querer, había provocado en su hijo, al elogiar en televisión a su peor enemigo y al no mencionarlo explícitamente entre las personas a las que declaraba servir, aunque uno podía alegar que él podía contarse entre mis amantes incontables, que, por supuesto, son contables, contables con uno o dos dedos, o con los dedos de una mano.

El correo de Inés carecía de introducciones afectuosas. Decía: Cuando leí lo que escribiste sobre el viaje, me entristecí y me dieron ganas de llorar. ¿Qué se siente cuando se logra angustiar a alguien? No conozco el mecanismo. Nunca hice daño conscientemente.

Inés se refería a una crónica reciente en la que contaba, entre otras peleas o malentendidos (mi hija menor me pedía euros, mi hija mayor me decía que nadie leía mis libros, Sofía me decía que antes de tener un hijo conmigo prefería adoptar), que, en el vuelo a Buenos Aires luego de tres semanas en Europa, Inés y Martín no se habían hablado una palabra, porque estaban hartos de verse las caras tres semanas seguidas. Esto, al parecer, había lastimado a Inés, que ahora me acusaba de hacerle daño conscientemente, de angustiarla y hacerla llorar.

Estuve a punto de responderle, diciéndole que ella también hacía daño conscientemente, porque de otro modo no me hubiese enviado ese correo, y que si bien yo podía hacer daño cuando escribía, también podía no hacer daño cuando no escribía, por ejemplo cuando la invitaba con Martín a París o cuando le prestaba dinero a Martín para que le comprase un departamento a ella, de manera que mi capacidad de hacer daño literariamente a veces podía contrapesarse o neutralizarse con mi capacidad para no hacer daño o incluso hacer el bien económicamente. Pero me contuve y preferí no decirle nada. Tampoco me disculpé porque nunca me ha gustado disculparme por las cosas que escribo: un escritor escribe de las cosas que tiene que escribir y esas cosas no siempre pueden ser felices y que una madre y su hijo se peleen después de tres semanas juntos es sólo una situación humana, comprensible, que sólo podría resultar hiriente si es mirada con excesivo orgullo.

A la tarde siguiente, porque las pastillas me hacen dormir hasta las tres, encontré un correo de Martín, en el que me informaba que se iba de nuestro departamento, que se llevaba sus cosas, que no lo vería más.

Le rogué que no se fuese, le sugerí que nos diésemos una tregua, le pedí que ante todo fuese mi amigo y no mi novio celoso y le reenvié el mail de su madre. Me respondió: Seguro que le habrás dicho que no puede criticarte porque la invitaste a París. Es todo tu estilo. Además yo podría decir cosas mucho peores de tu madre. (Martín y mi madre no se conocen, aunque me encantaría que se conocieran, creo que podrían llevarse bien).

Martín se ha ido a vivir con su madre. No quiere verme más. Le he rogado que vuelva al departamento, que me perdone, pero me ha dicho que lo nuestro se terminó, que no lo veré más, que soy un mal recuerdo para él.

Esta tarde he ido al correo y he encontrado la cuenta de mi tarjeta de crédito. Allí figuran, entre otros gastos, los hoteles en que se han hospedado la bella Sofía y mis adorables hijas en París y Londres y aquellos en que se alojaron el bello Martín y su adorable madre en Madrid y París.

Al escribir el cheque para sufragar los gastos de esas personas a las que sirvo y seguiré sirviendo con el mayor gusto (y a las que no mencioné debidamente en televisión), no pude evitar sentirme un negro culosucio (aunque no sé bien lo que es eso). Pero no me arrepiento, es lo que soy: una buena persona cuando no escribo y una mala persona cuando escribo.

Jaime Bayly
14 de Julio de 2008

La furia del actor

El actor me escribe, sorprendiéndome: Hola,

(Me sorprende la coma, que sugiere que escribió algo que luego borró o quiso escribir y reprimió. Es en todo caso una coma prometedora).

Respondo: ¿Cómo estás?

Me escribe: No bien,

(De nuevo, la coma me intriga, pues al parecer delata cierta angustia o desasosiego, unas ganas de decir algo que quedan frustradas).

Le escribo: ¿Por qué? ¿Puedo ayudar en algo?

Me pregunta: ¿Quién sabe de esto?

Le escribo: Tú, Martín y yo. Martín es mi chico y lo amo.

Me escribe: Dame tu número.

Le escribo: No me gusta que me den órdenes. Las cosas se piden bonito.

Me escribe: No entiendo, no te he hablado mal, ¿o sí?

Le escribo: Me dices: dame tu número. Suena un poco duro. Podrías decir: ¿te puedo llamar? El sábado estaré en Lima. Si te provoca, nos vemos en algún lugar discreto.

Vuelvo a escribirle: No sé por qué pienso que podríamos haber sido muy felices juntos y me da pena que no fuese así.

Me escribe: No creo que nos podamos ver, tal vez será en otro tiempo.

(Lo que más me duele es que diga en otro tiempo. Pudo decir más adelante o en un tiempito, pero en otro tiempo suena a en otra vida, a nunca).

Resignado, le escribo: Suerte entonces, que todo vaya bien.

Educado, se despide: Gracias, a ti también.

Le escribo: Estoy en Lima, qué pena no verte. Sales lindo en Somos.

A despecho de mi orgullo, insisto: ¿No piensas venir a Miami o ir a Buenos Aires? Me encantaría verte.

Le escribo, sin exagerar: Desperté soñando contigo. Habías venido a mi casa con una chica que era tu novia. La chica se llamaba Kanta y me saludaba con cariño. Luego tú me dabas un beso en la mejilla y me regalabas una camisa marrón.

Por fin me escribe: He conocido a una chica, pero no sé.

Le escribo: Me pasa igual. Conozco chicas lindas, me acuesto con ellas, pero no puedo enamorarme de una mujer. Voy el fin de semana a Lima, veámonos, la vida se pasa y no nos veremos nunca y sería una pena.

Le escribo: Estoy en Lima. Te quiero aunque no me creas.

Me escribe: No confío en ti.

Le escribo: Yo tampoco confío en mí. Tampoco confío en ti. Nadie confía en nadie. Y no exageres el papel de víctima. Un escritor escribe lo que tiene que escribir y tú fuiste mi primer hombre y todo lo que escribí evocando ese momento inolvidable lo hice con amor y ternura. Si te molestó, fue por las malas razones, por miedo o vergüenza. Yo siempre sentiré orgullo de que fueras mi primer hombre y de que me gusten los hombres. No lo escondo y soy feliz así. Y creo que decir es mi vida privada y de eso no hablo es una salida cobarde. Entiendo que no confíes en mí y haces bien. Yo soy un escritor y lo seré hasta la última puta palabra que escriba, así como tú eres un actor y lo serás incluso cuando se te caigan los dientes.

Me escribe: Esta vez sí te inspirastes (sic). Fuera de todo, tengo que proteger a mi hijo. Lo hago por él, sólo por él.

Le escribo: Te entiendo. Da miedo. Pero no lo estás protegiendo, lo estás haciendo más vulnerable. Yo sé que lo amas. Yo también amo a mis hijas. Pero lo mejor es que sepa quién eres de verdad y que se lo digas tú. Cuando yo les conté a mis hijas se cagaron de risa y les dio igual porque saben que las amo, eso es lo único que les importa, no con quién tiro o no tiro. El problema de escondérselo es que tal vez algún día alguien le diga a tu hijo lo que tú no tuviste el valor de decirle y llegar tarde no sería bueno. Mi consejo es que no tengas miedo de decírselo porque no es una cosa mala. Él te amará siempre y mucho más si eres franco y le muestras tus debilidades. Mis hijas saben que estuvimos juntos y conocen a Martín y lo quieren y no tienen complejos y en el colegio sus amigas me adoran. En cambio esconderlo trae todo un manto de culpa que al final le da al asunto un aire de maldad o perversión. Porque, mira, si a un heterosexual famoso le preguntan si le gustan las mujeres, jamás diría: es mi vida privada, de eso no hablo.

Me escribe: Lo que me jodió es que tuvistes (sic) que hablar. Carajo, si quieres habla de tu vida, pero no de los demás, al resto déjalo tranquilo. Tú quieres tirarte del avión, hazlo solo pero no conmigo. Jamás le diré a mi hijo esta mierda.

Le escribo: Creo que te equivocas. Porque esta mierda es tu vida, tu pasado. Y si te avergüenzas de eso, haces mal. Y me temo que tu hijo lo sabrá igual, aunque quieras ocultárselo. En cuanto a mi derecho a hablar, de nuevo te equivocas. Primero, porque un escritor tiene derecho a contar su vida, en ficción o directamente en memorias, y al contarla, contar sus amores, y que tú fueras mi primer hombre no es ni será nunca una cosa menor. Segundo, porque nunca conté nada de manera vulgar o hiriente hacia ti, si te hirió fue porque no tienes el valor de aceptar la verdad y ahora la llamas una mierda. Y tercero, aun si no fuera escritor, no puedes exigirles a todos tus amantes hombres (que, como bien sabes, no han sido pocos) que por el resto de sus vidas guarden secreto absoluto de ti sólo porque no quieres salir del clóset. La metáfora del avión no es exacta. Más exacto sería decir que tú decidiste quedarte en clóset y quieres que todos tus amantes nos quedemos en el clóset en solidaridad contigo.

Me escribe: Tú crees que eres feliz así. Yo no lo creo. Porque te dieron un espacio y la gente se caga de risa de cada tontería que hablas, ya crees que eso es la felicidad. Estás loco, no sé qué parte de la vida no la haz (sic) vivido, pero no sabes nada todabia (sic). No me gusta tu programa y lo sabes bien, ¿y? Esta chica es linda, pero no sé, hay algo que le falta...

(Esa última confesión me hace gracia y me hace pensar en una frase que escribí en mi primera novela: Tener sexo con una mujer es como comer comida vegetariana: sientes que te falta un pedazo de carne).

Le escribo: Eres cómico. No soy feliz, pero soy razonablemente feliz porque vivo solo y tengo dos hijas que me aman y no tengo que ocultarles que me gustan los hombres y porque me llevo bien con la madre de mis hijas y porque tengo un chico al que amo y eso me basta para ser medianamente feliz. También soy feliz porque soñaba con ser un escritor y me atreví y publiqué varias novelas que han ganado algunos premios y han sido traducidas a varios idiomas (incluyendo el mandarín, imagínate) y me han hecho ganar bastante plata, pero sobre todo el orgullo de haber escrito las cosas que me salieron de los cojones. No soy feliz únicamente por el programa, como dices, pero también me hace feliz tener un programa en Miami y otro en Lima donde tengo absoluta libertad creativa para decir lo que me da la gana. Y todavía se escribe todavía con v chica, no todabia con b grande y sin acento. Y has vivido se escribe has no haz. Y si mi programa te parece una basura como dijiste en televisión y lo que viviste conmigo, una mierda, ¿por qué pierdes tu tiempo escribiéndome? Sigue disfrutando de tu apasionante vida en el clóset.

Me escribe: Lo siento.

Le escribo: Todo bien. Sólo quiero que sepas que algún día me gustaría darte un abrazo antes de que nos vayamos de acá.

Jaime Bayly
21 de Julio de 2008

Impotencia

Ningún hombre está preparado para volverse impotente a los cuarenta y tres años. Yo ciertamente no lo estaba.

Desde que hace unos meses empecé a tomar pastillas para dormir y antidepresivos, advertí que mi apetito sexual menguaba, declinaba, se extinguía.

No lo noté porque alguien intentara hacer el amor conmigo, pues vivo solo la mayor parte del tiempo y así es como deseo vivir hasta que muera, sino porque, como consecuencia de los trastornos que dichas pastillas provocaron en mi organismo, interrumpí un hábito que hasta entonces había practicado -con perdón de mi madre- religiosamente: masturbarme todas las noches, después de leer, antes de dormir, menos por lujuria o excitación que como una técnica relajante que me indujera al sueño.

Lo hacía siempre con las luces apagadas para evitar el disgusto de ver la flacidez decadente de mi cuerpo y solía pensar en Martín, un joven argentino que me ama obstinadamente a pesar de que le he dicho con crueldad que quiero vivir solo, y a veces pensaba también en un actor torturado y talentoso que fue mi primer hombre.

Ultimamente pensaba en una mujer muy joven, de veinte años, Lucía, a la que veo en Lima cada cierto tiempo y que ha dejado la universidad para ser escritora y que me permite mirarla, tocarla y besarla y terminar sobre ella, pero no entrar en ella.

Empecé tomando una pastilla para dormir, Lunesta, y un antidepresivo, Prozac, hace tres meses. Después de tantas noches insomnes, agónicas, volví a dormir profundamente y sentirme bien. Pero con las semanas fui tomando más y más pastillas para dormir más profundamente y sentirme mejor. Está claro que tengo una personalidad adictiva, fue evidente cuando era joven y tomaba cocaína. Ahora todas las noches tomo 3 Lunestas, 2 Klonopin, 4 Xanax y 3 Stilnox. No los tomo todos a la vez. Los voy combinando cada vez que despierto, haciendo coctelitos que me hundan en sueños abismales. No ignoro que corro ciertos riesgos mezclando tantos barbitúricos que me han vendido sin prescripción. Pero encuentro cierta belleza mórbida en el hecho de tragar las pastillas y no saber si será la última noche. Cuando despierto a las tres de la tarde, no sólo me siento feliz porque he dormido como un bebé sino porque curiosamente estoy vivo, porque algún dios indulgente me ha regalado un día más. Cada día es entonces un suceso imprevisto y sobrecogedor, un pequeño milagro, lo que sin duda embellece y quizá hasta ennoblece mi existencia, porque sé que mi vida vale nada y que el mundo no perdería nada si me cremasen y arrojasen mis cenizas al mar de Key Biscayne, una isla en la que la felicidad no me ha sido del todo esquiva, como le he pedido a Sofía que haga a mi muerte.

Por la tarde ya no tomo un Prozac sino ocho, en dos sesiones: cuatro al levantarme y cuatro antes de ir a la televisión. Y siento que levito y soy en extremo bondadoso, que mi paciencia es infinita, que encuentro compasión para perdonar las peores vilezas de mis enemigos, que Mika y Carla Bruni son mis amigos y cantan conmigo en la camioneta.

Toda esta masiva e imprudente ingestión de químicos entraña sus riesgos, desde luego, y uno de ellos, que yo ignoraba, es la inhibición del deseo sexual (siendo además que nunca he sido desinhibido en esa materia, a pesar de que algunos de mis libros puedan dar esa impresión). Ya las últimas semanas en Miami había dejado de masturbarme, no tenía nunca una erección y cuando Martín me sugería decirnos obscenidades calenturientas en el teléfono, le decía que no tenía ganas y él se molestaba conmigo.

Pero estaba seguro de que casi tres meses después de no vernos, cuando llegase al departamento de Buenos Aires y tuviese a Martín desnudo a mi lado, no tendría ninguna dificultad en conseguir una erección y amarlo como él, mi chico lindo, merecía que lo amasen: desmesuradamente.

Obviamente, mis cálculos estaban errados. A pesar del deslumbramiento que me provocó verlo desnudo en la luz tenue de su habitación, y del empeño que puso en complacerme y obsequiarme toda clase de posturas y tocamientos a fin de despertar mi alicaído órgano sexual, y de la ferocidad con que froté ese colgajo pusilánime que se resistía a obedecerme y entrar en batalla, el fracaso fue absoluto, humillante, y una hora después, simplemente nos rendimos, Martín entendió con sabiduría que eran las pastillas y no la falta de amor lo que me impedía complacerlo y yo hice lo que tenía que hacer para que él pudiese terminar con una penosa sensación de derrota.

Por eso cuando me fui a dormir me sentía un pedazo de mierda, un inútil, un comatoso sexual, un impotente a los cuarenta y tres años. Tuve que tomar más pastillas que las acostumbradas para evadir la realidad.

Las noches siguientes no fueron muy distintas. Martín y yo probamos con paciencia toda clase de técnicas, juegos, exploraciones, impudicias y acoplamientos para que yo lograse una erección, pero nada sirvió, nada me calentó, nada me la puso dura. Martín comprensiblemente perdió la paciencia y procedió a complacerse en solitario, resignado a mi impotencia. Sentí, en esos momentos de tristeza, que me amaba aun siendo impotente, y por eso lo amé más.

Antes de irme de Buenos Aires, llamé a una amiga con la que había jugado sexualmente cada cierto tiempo. Se llama Penélope, está casada con un actor, tiene un hijo apropiadamente llamado Diego Armando y hace entrevistas para un programa frívolo de televisión. Así me conoció, entrevistándome, preguntándome tonterías, y así nos hicimos amantes ocasionales. Penélope accedió a venir a mi departamento la noche que le propuse, la última que pasaría en esa ciudad. Le sugerí a Martín que se uniese a la aventura como protagonista o mero espectador, pero él dijo que le daba asco esa chica, esa negra villera de Caballito, y que prefería irse a bailar y dejarnos solos. Penélope llegó diez minutos tarde y me besó con ese aire travieso que me sedujo cuando la conocí. No estaba tan linda como hacía diez años: el tiempo, la maternidad y los amores furtivos (tiene marido y tres amantes) la habían desmejorado un poco. Pero seguía siendo guapa, atrevida y muy graciosa en la cama.

Le advertí que me había vuelto impotente y que por eso la había llamado, para que, haciendo alarde de su maestría erótica, me devolviese una erección, aunque fuese la última. Ella hizo todo lo que pudo (se desvistió bailando, me contó sus peores desmanes eróticos, sus más encendidas fantasías, besó y succionó durante horas mi finado pene, que en paz descanse) y yo puse también algo de mi parte, tratando de jugar como habíamos jugado tantas veces, pero, a las dos de la mañana, y considerando que Martín podía llegar en cualquier momento, nos rendimos o nos aburrimos o nos reímos de esa situación tan cómica y absurda. Luego se fue y me dijo que me quería igual y que le parecía lindo tener un amante escritor impotente.

Cuando llegó Martín, le confesé mi fracaso. No me contés nada, que me da asco, dijo él, adorable. Ya sabés que me encantan las mujeres, pero odio las vaginas.

Así estamos. He descubierto en Buenos Aires que me he vuelto impotente. He llegado a Lima abrumado por la certeza de que esta impotencia no tendrá cura, a menos que deje los somníferos y antidepresivos. Pero está claro que si tengo que elegir entre dormir bien y sentirme leve y risueño o tener esporádicas erecciones, elijo la impotencia crónica.

Sólo me da pena porque estaba ilusionado con tener un hijo con Sofía. Ella es mi última esperanza. Ella o alguna pastilla que me despierte del coma sexual. Ruego auxilio a los médicos amigos.

Jaime Bayly
18 de Agosto de 2008
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