Jaime Bayly Presidente

sábado, 18 de octubre de 2008

La entrevista

La primera vez que le pedí a mi madre que me diera una entrevista en mi programa de televisión me dijo que no era el momento porque mi padre, su esposo de toda la vida, el padre de sus diez hijos –yo, el tercero de ellos–, había muerto hacía poco y ella todavía estaba muy triste.

La segunda vez que se lo pedí me dijo que le diera unos días para pensárselo bien. Pasados esos días, me dijo que tenía ganas de venir al programa, pero que algunos de mis hermanos, enterados de la invitación, se habían escandalizado y se lo habían prohibido. Del modo más conciliador, me explicó que no quería problemas en la familia y que por eso prefería no darme la entrevista.

La última vez que se lo pedí, hace menos de un mes, no lo dudó:

-Ahora sí estoy segura de que quiero ir.

Le pregunté si mis hermanos, aquellos que se habían opuesto, no le harían problemas.

-No les voy a decir nada –respondió en tono risueño–. No les tengo que pedir permiso.

La felicité y le dije que a su edad, sesenta y ocho años, debía hacer lo que a ella le pareciese bien, sin dejarse intimidar por nadie.

Al día siguiente volví a llamarla y le pregunté si había cambiado de opinión.

-Yo no cambio de opinión –me dijo–. El domingo estaré en tu programa.

Para que estuviera tranquila, le dije que no saldríamos en directo sino que grabaríamos, así no tenía que acostarse tarde esa noche, pues ella suele dormirse antes de las diez, la hora en que comienza el programa, y que podría ver una copia de la grabación en su casa y decirme si algo no le gustaba para suprimirlo antes de que saliera al aire. Se quedó contenta con la idea de grabar por la tarde y tener derecho a veto por si decía algo de lo que luego se arrepentía (un privilegio que, por cierto, no le había dado nunca a ningún invitado, pero era mi madre y era el día de la madre).

Todo estaba bien un día antes de la grabación. Era sábado, acababa de llegar a Lima y pasé por casa de mi madre a saludarla, comer empanadas y asegurarme de que todo estuviera bien para la grabación al día siguiente.

No sabía de qué hablaríamos, qué le preguntaría, sólo sabía que debía escucharla con cariño, sin cuestionarle nada, sin discrepar o tratar de rebatir sus argumentos, sin plantear temas conflictivos ni ponerla en aprietos. Tenía claro que, ante todo, debía evitar dos territorios minados: el de mi sexualidad y el de la religión. Siendo ella del Opus Dei, y teniendo la certeza de que el amor entre personas del mismo sexo ofende su sentido de la moral, no debía preguntarle lo que me hubiera encantado:

-¿De verdad crees, mamá, que soy heterosexual? ¿Por qué crees que el amor homosexual es malo? ¿Sabes que hace años estoy enamorado de un hombre? ¿No te gustaría conocerlo?

Pero si nunca le había preguntado nada de eso en privado, tampoco debía sorprenderla e incomodarla preguntándoselo en televisión.

Mi plan era halagarla, darle mucho amor, preguntarle cosas simples de su vida, cómo era de joven, por qué le gustaba correr olas, por qué le gustaba saltar a caballo, cómo conoció a papá, por qué se enamoró de él, por qué tuvieron diez hijos, qué le hubiera gustado estudiar en la universidad, cómo entró al Opus Dei, si había leído mis libros, qué pensaba de ellos, cosas así, pero evitando en todo momento el menor atisbo de discusión, dándole siempre la razón y expresándole mi amor sin reservas, después de tantos desencuentros que, debido principalmente a mi sexualidad disidente y a mi condición de agnóstico, habíamos tenido y seguíamos teniendo.

Aquel sábado en casa de mamá hablé con mi hermano Arturo y luego por teléfono con mi hermana Carol y mis hermanos Javier y Miguel y ninguno me dijo nada de la entrevista. Supuse que mamá había mantenido el plan en secreto y nadie en la familia sabía nada.

Pero el domingo a mediodía sonó el celular. Era mi hermano José. Me dijo que, junto con mi hermano Oscar, quería reunirse conmigo esa tarde. Le dije que estaba viendo un partido de fútbol argentino y que pensaba almorzar luego con mis hijas. Le pregunté de qué se trataba. Me dijo que mamá no debía venir al programa, que era una falta de respeto a la memoria de nuestro padre, que si él estuviera vivo no lo permitiría, que mamá no era un personaje público y por eso no debía salir en televisión, que al llevarla a mi programa yo estaba dividiendo a la familia y creando problemas. Lo escuché con calma y le dije que respetaba su opinión pero no la compartía y que al final quien debía decidir libremente era mamá y que ella ya había decidido venir. José alegó que mamá no quería venir al programa pero que lo hacía como un sacrificio para sacarme del hoyo negro en que yo vivía. Insistió en reunirnos con Oscar. Dijo que toda la familia se oponía a la entrevista. Le dije que no valía la pena reunirnos porque sería una discusión tensa y desagradable y que aun si todos mis hermanos se oponían a la entrevista, la decisión final era de mi madre y sólo de ella y de nadie más.

Mamá llegó radiante, serena y guapísima al estudio. Parecía feliz. Era su noche. Se sentía querida. La acompañaban Carol y Miguel, con gran generosidad. Quizá tenían temores o reservas comprensibles pero, ante todo, respetaban su decisión, como correspondía. Le dije a mamá que hablásemos como si estuviésemos en la sala de su casa, con naturalidad. Así será, me dijo.

Poco antes de comenzar me contó que mi hermana Doris, su hija mayor, la había llamado para decirle que no debía venir al programa, que era una tonta, que no tenía sentido del humor, que era muy aburrida, que iba a quedar mal, que yo me iba a burlar de ella y que le prohibía que mencionásemos su nombre en la entrevista. Me sorprendió, pero luego recordé que alguna vez Doris me había escrito un correo prohibiéndome hablar o escribir de ella y, en particular, de los años en que fue monja. Le dije a mamá que nadie podía prohibirle hablar libremente de sus hijos y que no tuviera miedo, que ya era una mujer mayor y tenía que ser libre de ir adonde quisiera y decir lo que pensara, sin dejarse asustar o manipular por nadie.

Nunca quise y admiré tanto a mi madre como esas dos horas en que hablamos en televisión. Estuvo tranquila, valiente, divertida, elegante, amorosa, irradiando la bondad que siempre la iluminó y la hizo tan adorable y especial. Sentí su cariño y creo que ella sintió el mío y por suerte no hablamos de las cosas que nos separan sino de las demás, que nos unen tanto. Sentí que, aunque sea del Opus Dei y nunca pueda presentarle al chico al que amo, era mi madre y la amaba exactamente como era y no necesitaba que fuera distinta o mejor para amarla completamente.

Por eso, cuando esté por llegar el día en que ella y yo nos alejemos para siempre, tal vez recuerde aquellas horas en televisión como uno de los momentos más estupendos y memorables de todos los años en que tuve la inmensa suerte de ser hijo de mi madre.

Jaime Bayly
12 de Mayo de 2008

Raras formas de amar

En los últimos días las circunstancias me han forzado a tomar dos decisiones en extremo difíciles.

Una fue decirle a Martín que no quiero vivir con él, que quiero vivir solo el resto de mi vida.

La otra fue responderle a Sofía si mantenía la promesa que le hice cuando nos divorciamos: que si ella llegaba a los cuarenta años y no tenía esposo ni novio y no había tenido un hijo, yo me comprometía a darle un hijo.

Lo de Martín fue doloroso porque es el hombre que más he amado y creo que todavía lo amo y lo amaré siempre, aunque él se enamore de otros hombres. Pero no podía seguir postergando esa decisión. Los últimos años nos veíamos una vez por semana en Buenos Aires y así estaba bien para mí. No para él: me decía que quería vivir conmigo como una pareja convencional. Por eso vino a Miami. La fantasía no duró un mes.

No es por falta de amor a Martín que quiera vivir solo. Es porque si vivo con él siento que pierdo demasiada libertad y que mis manías, caprichos, inapetencias y desidias le disgustan y lo irritan y que verlo tan a menudo socava mi cariño por él.

Martín lo tomó como un acto de egoísmo, como una traición. Me dijo que voy a arrepentirme, que lo estoy desperdiciando, que saldrá a buscarse un novio y que no acepta mis condiciones de ser ante todo amigos y vernos una vez al mes en Buenos Aires.

No pierdo la fe de que con el tiempo podamos ser amigos y con suerte seguir siendo amantes.

Lo de Sofía me tomó por sorpresa, a pesar de que cada cierto tiempo mi madre, viendo a alguno de sus nietos, me decía: ¿Cuándo vas a tener un Jaimecito? Yo me reía y le decía que nunca, que con dos hijas ya soy feliz. Pero mamá insistía e insistía, ella es terca y quiere su Jaimecito.

Yo pensaba que Sofía había olvidado la promesa que le hice saliendo de unos cursos que nos obligaron a tomar en Miami cuando nos divorciamos, unos cursos para enseñarnos a ser buenos padres divorciados que, por supuesto, eran una estupidez y eran dictados por unos sujetos que parecían infelices precisamente porque no se habían divorciado. Aquella tarde la noté tan triste que le dije: Siempre te amaré. Siempre. Y si cumples cuarenta años y estás sola y no has tenido un hijo y quieres tenerlo, te prometo que yo te lo daré. Ella me abrazó y me dijo que por eso me quería tanto, porque estaba loco.

No hace mucho, Sofía cumplió cuarenta años y los celebró en Lima con sus mejores amigas y amigos. No pude estar con ella porque tenía que hacer el programa en Miami, soy un esclavo de la televisión. Pero le di una sorpresa: le regalé el auto de sus sueños porque la camioneta que habíamos comprado cuando nos divorciamos y ella volvió a Lima ya le daba muchos problemas. Creo que me quiso un poco más cuando se subió a ese auto tan lindo. Lo merecía sin duda: ella me había regalado dos hijas preciosas, adorables, y ningún regalo que yo pudiera darle compensaría jamás los que ella, contra viento y marea, me había dado.

El otro día estábamos paseando por Le Marais, porque Camila, nuestra hija mayor, pidió ir a París por sus quince, y mientras las niñas se divertían mirando ropa, le pregunté a Sofía: ¿Qué puedo darte para que seas más feliz?

No dudó en responderme: Un hijo, el hijo que me prometiste.

Me quedé helado. No supe qué decir. Pero no podía echarme atrás: le había hecho esa promesa y ahora ella tenía cuarenta y seguía sin tener un hijo ni padre potencial a la vista.

La verdad es que, aunque me sorprendió, me sentí halagado. Lo primero que le dije fue: No creo que sea capaz de tener una erección, las pastillas han acabado con mi apetito sexual. Ella se rió y me dijo que era una excusa tonta y que, si aceptaba el reto, ella se encargaría de derrotar a las pastillas y provocarme una erección (y no dudé de que lo conseguiría sin dificultad). Luego lo pensé un poco, me tomé mi tiempo y comprendí que no podía ser un cobarde, que tenía que cumplir mi palabra, que era mi destino.

Puse, sin embargo, ciertas condiciones: el niño nacería en Miami, de ninguna manera en Lima; Sofía y nuestras hijas se mudarían a Miami; yo seguiría viviendo solo, en una casa a distancia que pudiese recorrerse caminando o en bicicleta de donde ellas eligieran vivir, es decir que estaban obligadas a vivir en la isla de Key Biscayne; y preservaría mi absoluta libertad sexual o amorosa.

Ninguna de esas condiciones fue aceptada, salvo la última.

Sofía me dijo tranquila y amorosamente que el niño nacería en Lima, que ella no quería irse de Lima y nuestras dos hijas tampoco, y que estaba loco si pensaba que se mudarían a Miami, una ciudad que ella no soportaba en verano y a duras penas podía tolerar en invierno.

Sin embargo, aceptó que siguiera viviendo solo. Es más: para mi sorpresa, me lo pidió. Me dijo: Yo no quiero vivir contigo. Yo quiero tener un hijo contigo, pero seguir viviendo sola con las niñas. Tú puedes vivir donde te dé la gana y venir a visitarnos cuando quieras.

Me quejé. Le dije que me parecía injusto condenar al niño a vivir en una ciudad donde crecería a la sombra de mi fama oprobiosa y que en los Estados Unidos sería más libre y feliz y que además en el Perú un candidato de izquierda ganaría las próximas elecciones presidenciales y no podía tolerar que mi familia viviera bajo un régimen socialista autoritario que conculcaría las libertades.

Sofía me dijo que yo siempre predecía catástrofes políticas que nunca ocurrían y que no estaba dispuesta a ceder: el niño y ellas vivirían en Lima, punto.

Le pedí que al menos fuera a dar a luz a Miami para darle al niño la ciudadanía norteamericana, que nuestras hijas ya poseen, dado que nacieron en Washington y Miami, y que Sofía y yo también poseemos, gracias a ella, claro está.

Sofía me dijo que haría el embarazo y el parto en Lima y que el niño podía ser ciudadano norteamericano aun naciendo en Lima, sólo había que inscribirlo en el consulado.

No me quedó más remedio que aceptar sus condiciones. Tenía que cumplir mi promesa de impregnarla de un varón y era rigurosamente justo que ella eligiese con toda libertad en qué circunstancias lo traería al mundo.

Surgió luego el espinoso tema del nombre, pero por suerte hubo coincidencia inmediata: De ninguna manera se llamaría Jaime. No podíamos traumatizarlo de ese modo. Pero quizá podíamos llamarlo James o Jimmy o Jim o Jimbo. Era cosa de ir pensando.

Me sentí orgulloso de que, después de tantos años, Sofía siguiera considerándome un buen padre, una persona confiable. Pero sobre todo me halagó que siguiera deseándome en cierto modo, que estuviera dispuesta a hacer el amor conmigo una o varias veces, todas las que fuesen necesarias para quedar embarazada.

Esa fantasía se difuminó apenas me dijo: Lo que sí te pido es que me des tu esperma en un pomito, si no te molesta.

En ese momento me sentí tan humillado que le dije que si quería tener un hijo conmigo, estaba obligada a hacerme el amor todas las veces que fuesen necesarias, que de ninguna manera le daría a mi hijo en un pomito.

Era sólo una broma, me dijo ella, y me abrazó.

Pero no estoy tan seguro de que fuese una broma.

Jaime Bayly
28 de Julio de 2008

Las pequeñas estafas

Me han estafado cuatro veces. Lo curioso es que cuando recuerdo esas estafas no me molesto ni me lleno de rencor o deseos de venganza. En cierto modo recuerdo con aprecio a esas personas ingeniosas e inescrupulosas que burlaron mi buena fe y me embaucaron, como si en lugar de perjudicarme me hubiesen hecho un favor, al recordarme mi condición de tonto de campeonato.

La primera vez que me robaron fue cuando vivía en Georgetown. En aquellos tiempos Sofía y yo compartíamos un departamento en la calle 35 y ella estudiaba una maestría y yo porfiaba por escribir. Pasaba todo el día en el departamento, escribiendo. Al caer la noche, salía a caminar. Una de esas noches, caminando de regreso al departamento, un hombre y una mujer jóvenes, de buen aspecto, se acercaron y me dijeron con modales refinados que vivían en Virginia y se habían quedado sin dinero para echarle gasolina al auto y necesitaban un préstamo que me pagarían al día siguiente, domingo. Les pregunté cuánto necesitaban. Me dijeron que cien dólares. No dudé en darles el dinero. A cambio me dieron una tarjeta con un teléfono. Me pidieron que los llamase para traerme el dinero al día siguiente. Fueron tan encantadores que hasta me ilusioné con que ese préstamo fuese el comienzo de una amistad. Al día siguiente los llamé. El teléfono no existía. Nunca más los vi. Pero ahora curiosamente los recuerdo con cariño.

Fui estafado por segunda vez cuando me había mudado a Miami, resignado a que tenía que trabajar en televisión porque el dinero de los libros no alcanzaba para nada. Me había hecho conocido en esa ciudad con un programa de entrevistas. Una mañana estaba desayunando con mis hijas en el hotel Sonesta de Key Biscayne (que por desgracia cerró no hace mucho y en el que viví largas temporadas) cuando se acercó un señor alto, enjuto, barbudo, de traje y corbata, con aire de caballero a la antigua. Me dijo su nombre, me contó que era colombiano, me dio su tarjeta, llevaba un apellido tradicional, me dijo que era admirador de mis programas y se sentó a la mesa con nosotros y pidió un café. Luego nos contó que la noche anterior había cenado en un restaurante en Coconut Grove y le habían robado un maletín en el que llevaba todo: el dinero, las tarjetas de crédito, su pasaporte. Y ahora no tenía cómo sacar dinero en Miami para pagar la cuenta del hotel y regresar a Bogotá. Me rogó con exquisitos modales y hablando con esa propiedad tan colombiana que lo socorriera de ese apuro humillante, que le prestara mil dólares para pagar el hotel y volver esa misma tarde a Bogotá. Prometió que me mandaría la plata tan pronto como llegase. No dudé en decirle que me esperase allí mismo, que iría al banco a sacar la plata y volvería en quince minutos. Camino al banco con mis hijas, les pregunté si pensaban que debía prestarle el dinero. Estás loco, me dijo Camila, nunca te va a pagar. Yo no le creo nada, no me gusta su cara, dijo Lola. Pero yo ignoré esas advertencias, saqué el dinero, volví al hotel y se lo entregué. Nunca más volví a verlo. Llamé a sus números y tampoco existían.

El tercer hurto fue el que más me dolió porque lo perpetró un hombre que había trabajado conmigo en Miami y al que consideraba mi amigo. Era un peruano de origen humilde, avispado y trabajador, que se ganó mi confianza apenas lo conocí. Me pareció ingenioso, astuto, muy eficiente, con esa inteligencia de la calle que poseen los peruanos que han salido de muy abajo y aprendido a sortear las condiciones más adversas. Este amigo, al que contraté como productor de mi programa, dejó de trabajar conmigo cuando Telemundo me contrató y poco después despidió: me dijeron que respetarían mi contrato hasta el último día, pero que preferían pagarme no para que saliera en televisión sino para que no saliera en ella. Mentiría si dijera que no dolió. Unos años después, retirado yo de la televisión y dedicado a escribir, mi amigo me propuso un negocio en Colombia: yo viajaría una semana, grabaría catorce episodios como anfitrión de un festival internacional del humor y me pagarían un dinero nada despreciable. Acepté y le prometí el quince por ciento del contrato, lo que le pareció justo. Cuando llegué a Bogotá, él ya estaba allá y me dijo que por razones contables o tributarias ya había firmado el contrato en mi nombre. Me lo dijo en el hotel Casa Medina, tomando el té al lado de la chimenea. Me dijo que el contrato se había firmado entre la televisora y él, que el dinero se transferiría íntegramente a su cuenta en Miami y que, apenas lo recibiese, retendría el quince por ciento y me daría mis honorarios. Por supuesto, le creí: era mi amigo, habíamos jugado fútbol con nuestros amigos los Crousillat (que me lo presentaron en Miami, y a quienes sigo considerando mis amigos). Pues grabamos los catorce programas (que salieron espantosos) y él volvió a Miami y yo volé a Buenos Aires, donde me había ido a vivir. Pasaron los días y las semanas y mi amigo no me transfería el dinero ni me llamaba ni contestaba mis correos. Simplemente había desaparecido. Lo llamé a sus teléfonos de Miami, pero los había cambiado. Estaba claro, me había timado. Pero esta vez no me quedé tan tranquilo. Llamé a su hermana en Miami, una buena mujer, enfermera, que también había trabajado conmigo, y le pedí que le transmitiera a su hermano un mensaje simple y claro: si no me pagaba, daría una rueda de prensa en Lima y otra en Miami, denunciándolo como estafador (una fama que ya había ganado en Lima con modelos eróticas que llevaba de gira y luego lo denunciaban por no pagarles), algo que en realidad jamás hubiera hecho. La amenaza surtió efecto: mi amigo me escribió sin demora, diciéndome que el banco le había confiscado el pago de la televisora colombiana porque él estaba muy endeudado, al borde de la quiebra, y prometió que me iría pagando de a pocos. Reconozco que tuvo el mérito de, meses después, venir a mi casa y pagarme una fracción, creo que la tercera parte, de lo que me debía. Luego lloró miserias, me dijo que estaba endeudado hasta el cuello, que nunca había querido estafarme, y yo le creí y me dio lástima y le dije que no me debía nada, que el asunto quedaba zanjado. Pero desde entonces sentí que no podía confiar más en él.

La cuarta y última estafa resultó la más dolorosa porque me costó mucho dinero. Un amigo de Sofía, el padre de una de sus mejores amigas, le ofreció vendernos un apartamento de tres pisos frente a un club de golf. El edificio estaba ya levantado y sólo faltaban los acabados. Sofía, el caballero y yo caminamos por los pisos de concreto que nos ofrecía, admiramos la vista, decidimos que en el tercer piso haríamos un gimnasio y una pequeña piscina y le pedimos un descuento. Nos lo rebajó de 250 a 225 mil dólares si pagábamos al contado. Eso hicimos. Siete años después, el edificio sigue sin acabarse, deshabitado, fantasmal. Nunca nos entregaron el departamento ni nos lo entregarán, por supuesto, lo que me obligó a seguir quedándome en hoteles en Lima. Y ahora, haciendo las cuentas, reparo en el hecho de que hace veinte años o más he vivido en Lima siempre en hoteles: en el hostal El Olivar de San Isidro (una casona antigua que creo que ya no existe), en dos hoteles de la avenida Pardo, en el Park Plaza, en el Golf Los Incas, en el Country y en muchos otros hoteles a los que considero mi casa los días que paso por Lima.

No guardo rencor a quienes me robaron con engaños amables y persuasivos. Más bien les agradezco porque me recordaron que soy un idiota, lo que es conveniente no olvidar para que no me sigan timando tan fácilmente.

Jaime Bayly
11 de Agosto de 2008

Lo que queda del alma

El avión desciende sobre las arenas de Lima mientras despunta el amanecer. No he dormido. He leído un libro bellísimo, El olvido que seremos, de un escritor colombiano, Héctor Abad Faciolince, al que conocí en Bogotá hace años, una noche lluviosa a la salida del teatro. Me ha conmovido tanto que me ha hecho llorar. Lo he leído con la mascarilla blanca que me dio la doctora cubriendo mi nariz y mi boca para no contaminarme con los miles de bichos invisibles que, según ella, pululan por la cabina helada del avión y saltan de un pasajero a otro, infectándonos a todos.

-¿Llevas una vida saludable? -me preguntó la doctora.

-Sí -respondí-. No fumo, no tomo alcohol, no como mucha grasa, camino todas las tardes por el parque.

-¿Con qué frecuencia viajas? -preguntó.

-Todos los fines de semana -respondí.

-Entonces no llevas una vida saludable -sentenció.

-¿Por qué? -pregunté, sorprendido.

-Porque los aviones están repletos de gérmenes y bacterias que viven allí y recirculan por toda la cabina. Si quieres llenar de bichos tus vías respiratorias, súbete a un avión. Los aviones te están matando.

Le expliqué que no puedo dejar de volar con tanta frecuencia porque he firmado unos contratos que debo cumplir, aunque me llene de bichos.

-Entonces vas a viajar siempre con la mascarilla puesta -dijo ella.

El problema de viajar con la mascarilla puesta es que las azafatas y los pasajeros te miran con lástima y repugnancia y se mantienen a prudente distancia. Bien mirado, quizá no sea un problema.

-¿Estás enfermo? -me preguntó una azafata, mientras colocaba la bandeja con la comida en la mesa plegable del asiento vecino, que por suerte estaba desocupado.

-Sí -le dije.

-¿Qué tienes? -preguntó.

-Siento que estoy en el cuerpo equivocado -le dije.

Me miró alarmada y tuvo el buen juicio de no hacer más preguntas.

No es que quiera ser mujer o que me disgusten mis colgajos. Es que todo mi cuerpo –la panza obscena, la penosa flacidez, las cavernas estropeadas, las canas púbicas que no cubriré de tinte– me parece un error, un cuerpo equivocado.

Héctor Abad dice en ese libro admirable que el alma no es inmortal, es tan mortal como el cuerpo y a veces se muere antes que el cuerpo. Puede que sea mi caso. Tal vez nunca tuve alma. Tal vez nací desalmado, no lo sé. Pero si tuve alma, la mía era mortal y me parece que se murió por exceso de maquillaje y horas de televisión, se murió en algún estudio de televisión y yo seguí hablando, ya sin alma.

Después de dormir dos horas boca abajo y con los zapatos puestos, voy a ver a la doctora. Le llevo escupitajos en un frasco esterilizado. ¿Será eso lo que queda de mi alma? La doctora me toca, me palpa, me ausculta, soba mi espalda, me regala chocolates. Luego me pregunta si me inyecto drogas. Le digo que no. Me dice que tengo bichos en la sangre. Me dice que tengo los pulmones infectados. Me dice que tiene que sacarme sangre ahora mismo. Le digo que necesito ir al baño. Pero no voy al baño. Salgo de su consultorio, bajo cinco pisos por las escaleras, camino media cuadra, compro una cremolada de uva borgoña, subo a la camioneta y me alejo de allí, recordando con una sonrisa el diagnóstico de la doctora:

-Gordo, estás lleno de moco.

Llegando a la casa, leo un correo electrónico de una amiga que me recomienda inyectarme Neurobion para reforzar mi sistema inmunológico. Voy a la farmacia, compro varias cajas de Neurobion, vuelvo a la casa y le pido a Sofía que me ponga la inyección.

Sofía me ponía inyecciones cuando vivíamos en Washington, conoce bien mis nalgas y sabe lo que tiene que hacer. Me lleva a su cuarto, prepara la inyección, coloca una toalla blanca y me pide que me tienda boca abajo. La escena no carece de un cierto erotismo, al menos para mí, que no tengo alma o que la escupo a menudo.

Me bajo los pantalones, me tiendo en la cama que trajimos desde Miami en barco, la cama donde hacíamos el amor cuando teníamos alma, me bajo luego los calzoncillos y exhibo con orgullo recatado el único talento que poseo, aquello que me ha permitido abrirme paso en la vida, mi bien más preciado, la clave de todos mis triunfos: mis nalgas. Poco importa que se te muera el alma si tienes unas nalgas altivas, pundonorosas y justicieras como las mías, unas nalgas que han sobrevivido a mil batallas ásperas y siempre están dispuestas a dar una pelea más en nombre de mi honor.

Sofía pasa un algodón con alcohol por mi nalga combativa, juega con ella, me hinca las uñas tratando de prepararme lenta y amorosamente para el dolor que se avecina y yo levanto las nalgas con gallardía y espero el aguijón.

En ese momento, sin que ella ni yo lo advirtamos, su madre, que mucho no me quiere, y cuya alma seguramente expiró antes que la mía, llega a la casa, se acerca al cuarto de Sofía y escucha a su hija decirme:

-Te va a doler cuando te la meta, pero te va a doler más cuando te la saque.

La madre de Sofía, que no ignora mis veleidades amorosas, se detiene, sin poder creer lo que acaba de oír, y se asoma discretamente, escondida detrás de la puerta. Lo que ve la llena de estupor, la horroriza, le provoca escalofríos: yo estoy tendido boca abajo, los ojos cerrados, las nalgas desnudas y enhiestas, a la espera del ansiado castigo, y digo, con una voz sospechosamente optimista:

-Métela sin miedo. Métela de una vez.

-Pero te va a doler.

-No importa. No será la primera vez. Ya estoy acostumbrado.

La madre de Sofía da un paso atrás, espantada, y siente que va a desmayarse. Luego escucha a su hija decirme con voz amorosa:

-Te va a doler más porque está un poco gelatinosa.

Esto ya es demasiado. Ella, una dama honorable de alta sociedad, ya sabía que yo era un mal bicho, un pervertido, un sátiro, un degenerado, un sodomita descarriado. Pero jamás imaginó que escucharía a su propia hija, educada en Washington, Philadelphia y París, decirme:

-¿Dolió mucho cuando la metí?

Y a mí contestarle:

-No dolió gran cosa. Métela toda. Métela hasta la última gota.

Y a ella, en control de la situación, disfrutando del dominio que ahora ejerce sobre mí en la cama, decirme:

-Te va a doler cuando te la saque.

Y a mí rogarle:

-Por favor, sácala ya. No aguanto más.

Y a ella negarse:

-Todavía no. Falta un poco más. Aguanta. Esto te va a hacer bien.

La madre de Sofía sale de la casa llorosa, mareada, aturdida, preguntándose qué cosas habrá hecho tan mal para que su hija acabe sodomizando con algún artilugio a ese escritor mediocre y haragán, que ha destruido todo lo bueno y noble que alguna vez tuvo su hija y la ha corrompido con su espíritu disoluto y sus ideas libertinas.

Al pasar al lado de la ventana, seguida por los perros tan odiosos que no paran de ladrar, se detiene, nos ve abrazados detrás de la cortina y me escucha decirle a Sofía, invadido por esa forma de amor que no conocíamos cuando hacíamos el amor en aquella cama que trajimos de Miami:

-Nadie lo hace mejor que tú, gordi.

Luego se marcha a toda prisa, pensando que ha llegado el momento de envenenarme, sin saber que ya estoy envenenado y que por eso su hija ha hincado mi nalga y la ha infiltrado de un medicamento seguramente inútil.

Jaime Bayly
7 de Abril de 2008